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El libro del gofio. Prólogo

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El gofio es, sin duda alguna uno de los pilares más firmes de nuestra cultura, amigo fiel y nutriente que nos ha acompañado siempre a través de nuestra historia, tan llena de avatares.

El gofio, y su madre, los molinos de mano duermen muchas veces sin nosotros mismos saberlo en el fondo de nuestros espíritus, entre pliegos de aroma sutil a molienda reciente, tan difícil de olvidar para el que bien lo conoce.

Al prístino arroró de los molinos de mano, ¡cuántos sueños infantiles se han ido entretejiendo a lo largo de los siglos, mientras la abuela, la maye de mano sabia, iba con una girando la piedra y con la otra echando el grano lentamente!

Difícil es encontrar una casa canaria sin su latita de gofio, que tan oloroso y freso lo mantiene, y difícil es el día en que en el centro de la mesa familiar no está el gofio, fiel compañero tanto en las épocas de abundancia como en las de penuria.

Elogiarlo como nutriente no me es preciso, porque lo hace el autor, y con soltura. Elogiar al autor sí que debo, porque ya era tiempo de que el gofio y su entorno merecieran un libro. El autor, con fino instinto ha sabido amasar para todo el pueblo canario, y para todos los lectores en general, una buena bimba de gofio literario. Aceptemos el convite.

Zebenzuy, mencey de las pobres tierras de lo que hoy llaman Punta del Hidalgo y aquella comarca, robaba a los propios guanches confiados a su mandato. Bencomo, el mencey más importante de Achinech (Theneryffe), fue a verlo para darle un escarmiento. Zebenzuy robó un cabrito y se lo presentó guisado en leche (exquisito plato que yo he probado y alabo). Bencomo probó y bajó la vista. Zebenzuy le preguntó si le parecía poco para él, y que le perdonara porque no tenía más que ofrecerle.

Bencomo le respondió: “¡Ah, Zebenzuy, mencey de las tierra pobres de esta apartado de la isla!, esta golosa comida me sabe amarga, porque no es el fruto del buen gobierno, sino del robo que haces a tus pobres súbditos. Amasa con tus propias manos gofio con agua y sal, y comeremos juntos y sin pena”. Y Zebenzuy, con lágrimas en los ojos, le pidió perdón de rodillas, y amasó gofio con agua y sal, la comida más pobre, y comieron juntos y en paz. 

Patria canaria mía: Que tus hijos, los hijos de los guanches, no abandonen nunca su propia dignidad, el gofio.

F.A. Ossorio Acevedo

Texto íntegro del prólogo de “El libro del gofio”, (ISBN 84-398-6306-3) del que se editaron en el año 1986 mil ejemplares numerados y autenticados con la firma del autor, Manuel Mora Morales (www.manuelmoramorales.com), quien ha autorizado su publicación, exclusivamente, para esta web. 

 

Manuel Negrin (2016)