007.jpg003.jpg008.jpg005.jpg006.jpg002.jpg009.jpg004.jpg010.jpg001.jpg

Cuento de Navidad

 Cuento de Navidad

                                                   El abuelo me dijo...

Estaba engurruñado en el petril de la puerta de su casa. Le pasaba de vez en cuando, sobre todo cuando estaba matraquillando algo. Y ahora, cuando llega la Nochebuena, siempre una estrella aparecía en su mente, iluminando nobles pensamientos. Pero esta vez era un fisquito distinto. Jonay había estado trapaliando toda la mañana, tenía mucho geito y estuvo arrejuntando comida para los animales, especialmente para un baifo al que le tenía mucho cariño. Llevaba una semana pensando en los últimos momentos que había vivido con su abuelo y el regalo que le había dejado.

Engatusado como estaba con su pasado, su presente y su futuro, ni olisnió que había llegado Iballa, una firringalla adorable de su misma edad.

- Hola, ¿en qué estás bobiando?

- Estaba dándole vueltas a la matraca. La cantidad de sitios que podía haber visto si después de estudiar no hubiera vuelto con la familia a El Cabezo. Estoy contento de estar con los viejos… pero ni los bisabuelos han salido de aquí. A lo mejor ahora sí que puedo… pero ¡es un secreto! ¡Vámonos a pasear!

Dejaron el postigo abierto y tampoco pasaron el fechillo. Total, los animales entraban y salían de la casa porque esa también era su hogar. Se pusieron las chanclas, subieron la ladera y, como hacía algo de sorimba, se arrebujaron, como otras tantas veces, debajo de la higuera de las confidencias. Él estaba desinquietado, y ella desagallada por saber si le iba a contar esas cosas bonitas que la dejaban embelasada.

- Abuelo, sin quitarse la cachimba de las bembas, me dijo antes de morir que todas esas historias que me contaba no eran ilusiones, y que yo también tenía que verlas, que cogiera su “astia” y que saltara todo lo que pudiera por los barrancos. Y que tuviera mucho cuidado, porque me podía perder. ¿Sabes?, tengo mucha magua con eso.

- Si quieres cojo mi garrote y te acompaño, para que no te risques por ahí. Te prometo que no seré pejiguera.

Siempre oí decir que pasamos tiempos muy difíciles y salir de La Gomera, o de cualquier isla, era una aventura, aunque algunos lo hicieron, hasta con barquitos que parecían chalanas, y con unos ceretos llenos de comida.

- Abuelo me dijo que con esta astia podía viajar, ansina lo vamos a hacer ahora mismito. ¡No te olvides de los cartuchos pa´l camino! 

Iballa había preparado comida para un regimiento… O para estar un mes fuera. Jareas, manises, un cacho de ñame, frangollo, gueldes, cotufas, unos gajos de uvas, un fisco de arvejas, unas lascas de jamón, tollos, y por supuesto una pella de gofio. Estaba todo arrequintado.

- ¡A ver quién salta más lejos!

- ¡Jonay, coge la vara y a ver si eres capaz de pasar ese charco!

- ¡Pos claro que sí, ya verás lo que brinco con este garrote!

Nada más alongarse al barranco y saltar con el astia, el barranco ya no estaba, el cielo era otro cielo, el mundo seguía siendo el mundo, pero…   ¡¿Qué estaba pasando?!

- ¡Aguá!, pero si esto es pura selva, y además hay una cascada enorme y preciosa!          

- Pos a mi me parece como si fuera esa Venezuela de la que hablan los viejos del pueblo

- Sí, Iballa, el abuelo tenía razón. Me dijo que no eran ilusiones: ¡Estamos viajando!

– Dicen que aquí es casi como si fuera otra isla canaria, y que nos quieren mucho.

– Oigo un sonido de un timple.

– No, es un cuatro. Se parece mucho, tiene una cuerda más que el timple.

– Vamos a ver quién lo toca. Le pediremos que nos lo cambie por algo de nuestra comida

- Sí, pero no nos podemos quedar aquí. Tenemos que dar otro brinco con la astia.

Iballa y Jonay acababan de descubrir que con cada salto, la vara les transportaba a otro lugar del planeta.

- Oye, Jonay, que ahora estamos en otra selva.

– Parece que es Brasil, ese sitio al que vino a predicar un canario.

- Era el Hermano Pedro, que tiene una cueva con su nombre en Güimar.

- Parece que tienen mucha madera. Aquí sí que podríamos hacer la vara de  muchos materiales, y no solo del pino canario, aunque a veces también nos valen las de barbuzano o de eucalipto.

- Aprovechemos para cambiarles algo de comida por un trozo de esa madera, y enseguida damos otro salto

- Aguanta un fisquito porque también veo muchos cafetales y dicen que es como el nuestro, en Canarias. Voy a coger un puñado de café y lo meto en el cartucho.

- Ya está. Ahora vamos a hacer bordoneo para ir más rápido.

Dicho y hecho. Pero, rápido y lejos, porque este salto con el garrote los lleva a Nueva Orleans, en el sur de Estados Unidos, en Norteamérica.

- Iballa, creo que hemos aparecido en Louisiana, porque esta gente que veo aquí se me parecen mucho con las fotos de aquellos 300 gomeros que vinieron a estas tierras en 1762

- Y no te olvides, Jonay, que 15 años después llegaron otros 700 gomeros con el ejército español.

- ¡A ver si nos tropezamos con algún familiar lejano! ¿te imaginas la sorpresa que les daríamos?

- P´a mí que incluso están alegando alguna palabra canaria.

- Pregúntale a ese hombre si se apellida Valenzuela, porque entonces seguro que es canario.

- No, pero está saboreando una cosa picante como la nuestra que dice que es comida cajun.

- Pídele un fisquito p´a pisquiar por el camino, pero no tardes mucho que quiero hacer ahora el salto del enamorado.

Estaba anocheciendo. A los dos les estaba entrando sueño. Y ya estaban pensando en el conejo en el salmorejo p´a la cena de Nochebuena.

- Jonay, tú lo que quieres es el zaperoco de esta noche, y la torta de milana que preparó mi madre y la miel de palma de tu padre.

- ¡Ni me lo nientes ¡ que solo de pensarlo se me hace la boca agua.

- Pues entonces ahora vamos a dar el salto “a regatón muerto” a ver a  donde vamos a parar…

Y así lo hicieron. Pero esta vez… iban a tener una mala noticia al llegar.

- Iballa, ¿sabes que de tanto brinco con el astia se ha perdido el afilado, y el garrote está cambado? Creo que ya no podemos dar más saltos. ¿Y ahora qué hacemos?

- Jonay, yo creo que ya estamos cerquita de Canarias; a mí me parece que las veo allí enfrente.

- ¡Es verdad!, pero entonces esta arena significa que estamos en África…

- ¿Y cómo regresamos a casa, nadando?

- Oigo hablar español, así que igual estamos en lo que llamaban Sidi Ifni

- No tenemos dinero, sólo algo de comida y lo que hemos ido cambiando por el camino

- El abuelo me dijo que una purriada de personas estaban llegando a Canarias desde África en una patera

- Po´s vamos a cambiar todo lo que tenemos por esa patera

- Tenemos un cuatro venezolano, café y madera de Brasil, una trompeta de Nueva Orleans y lo que nos queda de la comida de Canarias

- Y el garrote, no te olvides

- ¡Ah, no, eso sí que no!, el astia es un regalo del abuelo y, además, yo quiero seguir viajando, como lo hacía él

No había otra solución. Si querían comer caliente esa Nochebuena tenían que conseguir la patera: ¡Cueste lo que cueste!  Ninguna escuela ni maestro alguno le había enseñado que hacer en estos casos. Pero Jonay sabía cómo solucionarlo.

- Yo salía a pescar por las noches con el abuelo, y me paliquiaba todo lo que veía en el cielo. Cómo se movían las estrellas, y la luna, y las nubes corriendo como si tuvieran prisa para hacer algo.

– Allí veo esa estrella brillante, ¿tú crees que nos guiará en este mar hasta Canarias?       

Iballa y Jonay, solos en la patera, buscaban a su familia en La Gomera. Llevaban garrafas de agua, la pella de gofio y el garrote. Tres tesoros. En el cielo, la estrella brillante los guiaba como si fuera un faro en la tierra.

- ¡Jonay, Jonay, veo una playa allí enfrente, creo que es Arguamul!

- Esta patera está algo momia, y como escachada, machucada por todos los lados, espero que podamos llegar

- A ver si alguien nos escolumbra en la oscuridad

¡Cuánto habrán sufrido todos esos emigrantes que hemos visto en cada salto de pastor! - Y ni siquiera con nuestra suerte, porque veo unas barcas rápidas y me parece que son las de la Cruz Roja

Esa noche, la Nochebuena, las familias de Iballa y Jonay se arrejuntaron. Y comieron muuuuuchas, muuuuuuchas truchas. De cabello de ángel y de batata.

FIN

Dedicado a Patricia Macías Vadillo y Manuel Mora Morales

Nota: se ruega que en cualquier difusión total o parcial de este artículo se cite la procedencia o fuente. Gracias.

Manuel Negrin (2016)